Al linotipista.Disculpe que me equivoque tanto en la máquina. Primero porque mi mano derecha resultó quemada. Segundo, no sé por qué. Ahora un pedido: no me corrija. La puntuación es la respiración de la frase, y mi frase respira así. Y si a usted le parezco rara, respéteme también. Incluso yo me vi obligada a respetarme. Escribir es una maldición. Las palabras de Clarice Lispector parecen ser parte, al final, de una declaración de principios. Su actitud inalienable toma una parcela propia en el terreno infinito de la literatura. Otros, también escritores, podrán o no pensar lo mismo, pero jamás utilizarán las mismas palabras. En su condición de universo paralelo, la literatura reúne tantas formas de relacionarse con ella como escritores existen. Cada escritor va a su oficio de una manera particular y éste puede presentarse ante él como un monstruo, como un compañero de juerga o como un camarada amable. Gajes del oficio es una rica recopilación, hecha por Delia Juárez, sobre las miradas más representativas en el arte de escribir, visto desde dentro. Autores de distintas épocas hablan de los síntomas de crear, publicar y ser leídos. Para quienes estamos fuera, o para quienes intentan cruzar una puerta y sentarse a escribir al lado de ellos, puede resultar una fuente inspiradora –cuando no aleccionadora– proveniente de mentes que vale la pena leer, como Dostoyevski, Albert Camus, Allan Poe, Charles Baudelaire, Cortázar. Para Bioy Casares el proceso creativo es intenso y provisto de una obstinación que acabaría por acorralar a la idea, hasta obligarla a revelarse, no como un acto improvisado, sino como el producto de un trabajo de pulimento: Para escribir bien hay que escribir mucho, hay que pensar, hay que imaginar, hay que leer en voz alta lo que uno escribe, hay que acertar, hay que equivocarse, hay que corregir las equivocaciones, hay que descartar lo que sale mal. Si vamos por mal camino y nos parece que no tenemos esperanza, dejemos eso y empecemos otra cosa, o retomemos la idea de manera diferente, en la esperanza, de a lo mejor ser una persona distinta.
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Lejos de recopilar frases célebres de escritores reconocidos, el libro parece tener la intención de conducir a la reflexión personal a partir de la experiencia ajena. Hace algunas décadas, la revista El Cuento –que dirigía Edmundo Valadés y en cuyo consejo de redacción aparecían Juan Rulfo y Eraclio Zepeda– recibía ficciones breves de escritores novatos que eran aceptadas para su publicación, o rechazadas. Una sección especial de la revista daba las razones por las que el relato era devuelto, y lo hacía con consejos breves y efectivos. Con frecuencia lapidarios. Un lector cualquiera, ajeno a aquel diálogo, podía recoger aprendizaje de dichos consejos, que con seguridad llevaban la intención de compartir la lección con otros. En Gajes del oficio el efecto resulta similar, aunque en este caso el foco se centra en el proceso humano de escribir, antes que en la técnica. Faulkner prefiere no hablar de ella: Si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para escribir una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún atajo. El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo aprende a través del error. Dice mucho del escritor hablar de la labor íntima. Kafka afirma, en un texto que revela su relación compleja con la obra, más allá del simple proceso: En el curso de muchos años sólo he llorado una vez, hace dos o tres meses. Pero en esta ocasión me sobrevino dos veces consecutivas, estando sentado en mi sillón. Temí que los indomables solllozos pudieran despertar a mis padres en la habitación contigua; era de noche, y la causa de todo fue un pasaje de mi novela. En contraste, en el conjunto de reflexiones de Truman Capote –no exentas de profundidad– destaca el ingrediente pragmático de un oficio alimentado por la tarea periodística, las relaciones sociales y la fama: Si yo pudiera haber sido otra cosa que escritor, me habría gustado ser abogado. Habría sido un abogado maravilloso. Tal vez hubiera sido muy feliz. En Gajes del oficio el escritor es confesor. El lector puede acortar la distancia y acercarse al diván. En el acto, encontrará apuntes entrañables, trazados por la convicción y la memoria. A medio camino (si acaso el libro sólo pudiera ser leído en un sentido y con un orden), merece una pausa el alegato fundamental de Ernest Hemingway: Tengo que escribir para ser feliz, me paguen o no por ello.
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Foto portada: Adolfo Bioy Casares en 1968 |