El trabajo de Stephan Doitschinoff está influenciado por la iconografía cristiana, pagana y del folclor afro-brasileño. Bajo el nombre de calle Calma –contracción de "con alma"– su arte muestra una excepcional capacidad para navegar entre la composición emblemática renacentista, el sincretismo espiritual y cultural de su Brasil natal y una crítica indistinta al sistema de creencias –crítica que a la vez sirve como un repaso histórico.
Hijo de un ministro evangélico, estudioso del arte sacro y la práctica espiritual –el sincretismo del catolicismo europeo y lo vernáculo africano– y artista de formación autodidacta, Calma forma parte del movimiento de arte urbano paulista, en el que artistas y diseñadores usan la ciudad no como un lienzo, de forma anónima y contestataria, sino como un espacio para expresar su punto de vista, su conciencia social, su visión del pasado, su rechazo al consumo y a la insatisfacción citadina de manera multidisciplinaria utilizando la pintura en aerosol, la escultura, lo abstracto o la instalación, y con resultados verdaderamente sorprendentes –no por nada la prefectura de Sao Paulo decidió recientemente retirar toda la publicidad exterior de las calles e incentivó el graffiti como una manera de embellecer la ciudad. Pero su obra –deambulando entre lo sagrado, lo pagano, la muerte y el tiempo– tal vez le reclamaba otro tipo de espacios, menos anónimos y competidos (aún con el respeto que extiste entre grafftiteros) para entablar con el espectador una relación más directa. Doitschinoff recorrió el noreste brasileño con la idea de pintar las paredes de una población entera. Y fue en el estado de Bahía, cuna de la mezcla espiritual y cultural afro-brasileña, donde encontró no sólo el espacio sino el ambiente propicio para llevar a cabo su proyecto. Tomando residencia en el pueblo de Lençóis –un importante centro de explotación minera durante la colonia por ser la entrada a la Chapada Diamantina pero que actualmente es una empobrecida localidad más del noreste– el artista se dejó seducir por la riqueza de la cultura popular local así como sintió afinidad y curiosidad con las costumbres espirituales aún vigentes. Expuesto al escrutinio del pueblo, Calma pintó un par de casas como una muestra de su modo de trabajo: observador respetuoso y diligente. Pronto se ganó la confianza de la gente y sus paredes –según relata Doitschinoff en el documental Temporal, una vez que supieron que no cobraba por pintar, como que tampoco tenía dinero, le perdieron el miedo y se acercaron a ofrecerle sus casas. La obra de Calma tuvo efecto en la gente: durante tres años recorrió las calles del pueblo pintando donde lo invitaran, participando con los artesanos locales y expandiendo su investigación sobre la historia del folclor brasileño y la mezcla espiritual. Lençóis se convirtió en una monumental obra teniendo como referente a su vida misma, sin un afán didáctico o de renovación. Obra que se fue adaptando a la localidad –con sus intereses, sus aspiraciones y limitantes– y que culminó en el punto neurálgico de la vida espiritual del pueblo: la capilla del cementerio. Aquí Calma decidió dejar a un lado su punto de vista crítico e irónico de la religión y se aplicó para hacer del espacio un lugar abierto al luto, a la meditación, al canto y al adiós. Así, la obra en conjunto pasó a formar parte del pueblo, del referente de su población que, lejos de tener pretensiones discursivas o estéticas, valora el trabajo de un artista porque les habla en sus propios términos y no pueden mas que adoptarlo. Stephan Doitschinoff, aka Calma, terminó su proyecto en 2008 cumpliendo el sueño de muchos artistas o arquitectos: tener una obra de sitio específico mayor a los diez metros cuadrados. | | |
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