El creador toma decisiones conscientes sobre su trabajo. El contenido. La forma. Su presentación final. En el momento en que la obra sale de su estudio para ser expuesta en otro lado –llámese editada, proyectada o interpretada– se enfrentará a condiciones que están fuera de las manos del creador. Si es lo suficientemente poderosa, tendrá eco en el espectador. Para algunos, en ese momento nace la obra.
En 1960 la obra de Hans Haacke sorprendió a todos. Parecía tener vida propia. Sus Weather Boxes –cajas de acrílico transparente con agua– funcionaban gracias a la evaporación y condensación del agua, dejando, como único rastro de su funcionamiento, patrones únicos en las paredes de acrílico. Mismos que se desdibujaban y volvían a crearse cada vez que el agua de condensaba. Eran real-time systems. Quien dictaba el comportamiento de la obra era la naturaleza. Nadie más. Desarrollarlas, exponerlas en una galería y elevarlas al nivel de obra de arte eran, quizá, las únicas decisiones humanas que se podían tomar. [...]
Mi primer encuentro con el plástico fue a partir de una imagen que encontré cerca del Aeropuerto, en la ciudad de Oaxaca. Era un lugar donde se recolectaban botellas PET. Había cerros de botellas, pero en el fondo del terreno sobresalían unas bugambilias. El paisaje era muy extraño, había una conexión entre lo natural y lo inorgánico. Visualmente parecían convivir.
Podemos hablar del artista a partir del encuentro con lo que podría ser el principio de un camino a seguir. Un momento en el que, para Emilia Sandoval, las bugambilias no necesariamente tienen un valor estético por sí mismas. El paisaje se forma de manera involuntaria y es quien lo mira el que le otorga un significado. Los cerros de botellas nos hacen suponer muchas cosas. Todas, con seguridad, acerca de las diversas relaciones que guardamos con nuestro entorno. En ese sentido –partiendo de la anécdota y continuando con su obra– podría uno sugerir que el móvil de Emilia es un discurso ambientalista. [...]
El personaje principal de El Ciudadano Kane, Charles Foster Kane, balbucea "Rosebud" antes de morir. Jerry Thompson, periodista, siente que hay algo más detrás de esa palabra y comienza a investigar la vida privada del magnate. Su búsqueda es una revisión, no cronológica, de la niñez, el ascenso al poder y la caída del controvertido personaje. Al no encontrar algo que tenga una relación directa con "Rosebud", Thompson conjetura que quizá la palabra era algo simbólico para Kane, representando algún fracaso o alguna pérdida. El periodista en ningún momento se siente defraudado con el resultado.
Así como una palabra fue suficiente para mover a un personaje de ficción –y a Orson Welles, el director– a intentar armar un rompecabezas para darle sentido a la historia, también es suficiente para inspirar a + Rosebud, un colectivo independiente de escritores, artistas, diseñadores, arquitectos y científicos, y retomar el simbolismo de la palabra, la curiosidad y el método de rompecabezas, para presentar, año con año, un nuevo libro temático, multidisciplinario y colaborativo.[...]
Where the Wild Things Are es del tipo de historias que para todo el mundo son entrañables y adoradas, sin importar la edad. De esas historias que no se olvidan y se recomiendan y defienden con vehemencia. Si el autor, Maurice Sendak, confiesa que decidió ser ilustrador después de haber visto Fantasía a los doce años, a nadie le parece un gesto de fanfarronería. Es de esas historias que tienen un efecto en el lector, consolando al incomprendido, diviertiendo al amargado o estimulando al indiferente. También es del tipo de historias de las que todo mundo piensa "deberían hacer la película" pero luego dudan "¿y si la echan a perder?". Y tal pareciera que esa duda colectiva le generara a la historia una especie de mal augurio a quienes intenten llevarla al cine y se convierte en el tipo de proyectos que pasan dando vueltas durante mucho tiempo de un estudio a otro, de un director a otro, de una adaptación a otra sin que nadie quede realmente satisfecho o se atreva a dar el primer paso. [...]
Hay una linea común –más bien gruesa– entre la publicidad y la creación artística. Evidenciarla no tiene la intención de "elevar" el proceso de la publicidad a un grado artístico, como si estuviéramos calificados para poner las cosas en su sitio, y organizar un acomodo jerárquico del quehacer creativo. La línea que toca por un lado el trabajo de la publicidad y por el otro el del artista, pasa obligadamente por un proceso de creación que, en lo general, es fundamental para ambos. Partimos del supuesto de que, tanto en una como en otra, existe la intención del discurso y –en un grado u otro, de una forma u otra– el afán final es el envío (cifrado o superficial) de un mensaje. Es claro que en el proceso del artista dicho mensaje viene de un impulso íntimo y en el publicista pudiera venir de la necesidad de un tercero, al que podemos llamar cliente, y cuyos propósitos distan de parecer honestos si los ubicamos en el mapa de valores que hemos aprendido. Ya sea que quiera decir lo que siente (el artista), lo que piense (el intelectual) o lo que otros necesitan decir y no saben cómo (el publicista), los procesos creativos tienen coincidencias significativas. [...]
En las fotografías de Juan España se aprecia una pulcra distancia entre el objetivo y el autor. Dicha distancia pareciera no congelar lo que toca la cámara –la aspiración en bruto de la fotografía–, sino permitirle un movimiento lento, apenas perceptible, como parte de una historia contándose. Un cierto anhelo cinematográfico, sobre todo cuando los objetos fotografiados pasan por los entornos urbanos, los cuartos cerrados, los seres humanos. El autor se entromete en su propia fotografía, como una trampa, y transforma el mundo formal de manera que le sea útil. No sólo se trata de contemplar, sino de buscar la manera personal en que vemos el mundo. Diría el propio España. No fotografío una realidad. No la recreo. Se trata de intentar controlarla, permitir el error, acomodar los objetos, la luz, para crear una realidad que no estaba ahí. [...]
El trabajo de Stephan Doitschinoff está influenciado por la iconografía cristiana, pagana y del folclor afro-brasileño. Bajo el nombre de calle Calma –contracción de "con alma"– su arte muestra una excepcional capacidad para navegar entre la composición emblemática renacentista, el sincretismo espiritual y cultural de su Brasil natal y una crítica indistinta al sistema de creencias –crítica que a la vez sirve como un repaso histórico.
Hijo de un ministro evangélico, estudioso del arte sacro y la práctica espiritual –el sincretismo del catolicismo europeo y lo vernáculo africano– y artista de formación autodidacta, Calma forma parte del movimiento de arte urbano paulista, en el que artistas y diseñadores usan la ciudad no como un lienzo, de forma anónima y contestataria, sino como un espacio para expresar su punto de vista, su conciencia social, su visión del pasado, su rechazo al consumo y a la insatisfacción citadina de manera multidisciplinaria utilizando la pintura en aerosol, la escultura, lo abstracto o la instalación, [...]